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domingo, 10 de julio de 2011

compulsivo de mierda.




Cuando estaba sentado en la barra de aquel bar, con la cabeza medio colgada por la música y algunas otras cosas que de seguro no les interesan, observé que sin darme cuenta había ordenado casi al milímetro todas las servilletas que estaban delante de mí. Miré a ambos lados para ver si alguien se había percatado de aquello, pero al parecer eso paso muy desapercibido.

Sí, soy un compulsivo de mierda en bastantes cosas.

No es algo que comente mucho ni de lo cual tenga una orgullosa camiseta que diga “Yo Amo Mis Compulsiones”, ni mucho menos pertenezco al “Sindicato de Chiquillos con Putas Manías”, pero esa es la verdad.  Ya desde que era niño, tenía ciertas tendencias a efectuar, casi como un ritual, una serie de cosas constantes y en serie… acciones que pasaron sin importancia en la familia, porque creo que en una de esas visitas de infante al psicólogo, este último le dijo a mi madre ante las interrogantes si este tipo de conducta era algo anormal : “.. No señora, no se preocupe… su hijo no tiene ninguna deficiencia o anormalidad… su hijo estúpido”.

En fin.

Con el correr de los años, muchas de esas costumbres quedaron allí, en el pasado. Pero admito que tengo una suerte de putas manías que trato no hacerlas notar (o evitarlas) ante los demás. Voy a sincerarme un poco y en un acto de profunda nobleza, les voy a enumerar aquellas que a mi memoria vienen:

Lo primero que siempre hago al entrar al baño es mirar mis ojos reflejados en el espejo. ¿La razón? Ni idea, pero últimamente ando con la teoría que es purita cojudez.

No puedo ver Tv, ni escuchar música en el reproductor si el volumen está en número par. Tiene necesariamente que ser una cifra impar: 7, 9, 11, 13, 15… 71 (ya si eres un sádico de la bulla). En el fondo agradezco que no se me haya dado porque sea un número primo o el resultado de raíces cúbicas, porque para las matemáticas soy un chimpancé.

Ya que hablo de matemáticas, por ratos se me da por memorizar ciertas cifras (números telefónicos, números de tarjetas de crédito, número de habitantes de Vietnam del Norte … es decir, el idiota se sabe el valor de Pi por puro joder…)

Al cepillarme los dientes, me enjuago la boca exactamente 7 veces... no 6, no 8… el subnormal se enjuaga 7 veces rigurosamente. (Si un día me cortan el agua a la 5ta enjuagada, me re cagan la existencia…).

A la hora de comer, mi vaso siempre está en el lado izquierdo. En casa, por joder, me lo han cambiado de lado mientras me distraen conversando, e inconscientemente la vida propia de mi extremidad superior (léase manito) lo regresa a su lugar.

Detesto tomar del mismo vaso de otra persona. Aquí en el Perú, en reuniones de amigos se acostumbra muchísimo tomar cerveza con un solo vaso (cuestión por la que esa parte la soporto), pero casi siempre suelo pedir un vaso extra en algún descuido. Y para nada es asco ni mucho menos, es tan solo una manía.

En casa, como con el mismo tenedor hace como 16 años… y ha pasado que se ha perdido, así que me pasé 6 días sin comer… no, mentira, nunca para tanto, pero si lo he necesitado y extrañado con alma, vida  y corazón.

Mantengo mi escritorio, habitación ordenada como señorita. Por eso cuando alguien viene y mueve algo, ensucia o deja caer algo al piso, sin que se den cuenta lo ordeno o limpio. Soy un perfeccionista al mango, asi que nomás imaginen como estan ordenadas mis carpetas en la pc.

Se me ha dado a veces que, caminando por la calle, a media cuadra veo alguien delante de mí y pienso “a que llego a la esquina antes que él/ella…”, y apresuro un poco el paso disimuladamente… lo más estúpido del tema es que cuando lo logro, me siento como si hubiese ganado una maratón haciendo volantines.

Lo primero que hago al despertar (aparte de abrir los ojos claro, porque soy imbécil pero tampoco para que me den una mención honrosa) es tender mi cama. No puedo hacer cualquier otra cosa si la cama esta des tendida. Es más, cuando me he alojado en algún hotel, igual tiendo mi cama a pesar que existen otras personas encargadas para eso. Ok, ok,.. Si… soy un imbécil.

Cada vez que pienso en algo o alguien, necesariamente me muerdo el pulgar izquierdo. Así que ahora para poner más interesante la situación, lo pongo entre dos panes, así pienso y tomo desayuno a la vez.

Me lavo las manos siempre 3 veces seguidas… (putamadre que hay gente enferma, no?)

Salir a la calle sin reloj es como andar en calzoncillos. Y a eso le añadimos que siempre estoy viendo la hora por alguna absurda razón…. (por eso siempre escucho frases como “ya te tienes que ir…?” o “si tienes que hacer, anda nomás, ah?”).

Suelo ir al cine solo. Siempre me ha incomodado ir al cine acompañado… (bueno, lo he disimulado bastante y la verdad se me olvida bastante si lo hago con la mujer de mi vida… pero en otras circunstancias, en general, lo evito).

Cuando me siento en un sillón, jamás al centro… siempre a un extremo. Así este sólo, dejo los 23 metros de sillón sobrante para sentarme pegadito a un extremo. Digno de tarado mental.

A la mesa, tengo mi sitio. Solito para mí. Sólo mío. De nadie más. Así que, en oportunidades que ha llegado visita, amigos o familiares y lo utilizan, estoy mirando  haciéndome el loco pero por dentro “bueno… listo, te pones de pie  y me dejas el lugar… vamos… vamos… “.

Tengo mi ropa ordenada por colores. En mis cajones estan separadas (sobre todo las camisetas) por colores. La verdad no tiene ningún sentido que haga eso, ya que al cambiarme ni me molesto en ver que me pongo... de ahi la famosa interrogante familiar de "¿Cuándo carajo te vas a vestir como la gente?")

Cuando me estoy dando una ducha, desde niño, al cerrar los ojos tengo la sensación que al abrirlos, en el techo estará una cucaracha del tamaño de un pavo real mirándome atenta… (para los que no lo saben, tengo fobia a las cucarachas… pero mal).

Por cierto, toda la vida tarareo la misma canción al bañarme… (canción que esta vez no les contaré cual es…)

Al comer, el arroz siempre estará al lado derecho… y comienzo a comer de adelante hacia atrás en una división casi perfecta… (ya me está dando demasiada vergüenza escribir todo esto…).

Limpio mi monitor unas 2 164 veces al día aproximadamente… veces más, veces menos... pero imagino por ratos que si el monitor hablase, me diría algo como "porqué no dejas de tocarme maníatico de mierda y la reputamadre que te parió?"

En fin, por ahí se me pasan algunas (las personas que me conocen realmente me pueden hacer recordar alguna de ellas tal vez), pero el punto es que aprendí a convivir con todo esto, a no joderle la existencia al resto con esta suerte de rituales ya sea disimulándolos o en el mejor de los casos, superando bastantes algunos.

Justo conversando con una amiga sobre todo esto, le comentó sobre lo arriba relatado…


-   … y si pues, hago este tipo de cosas a veces…
-   Jajajaja… en serio?
-   Si, en serio… pero como te digo, trato de no hacerlo muy notorio…
-   Ahora me explico porque no tienes novia... eres un loco de mierda…!
-   Oye pero en el fondo soy encantador, ah?
-   Cállate huevón... jaja



Pero vamos, pienso… ¿quién no tiene alguna cagadita en la cabeza al final?

(si… me estoy mordiendo el pulgar).
putamadre.

.

domingo, 6 de marzo de 2011

ruidillos cinematográficos.


La semana pasada se respiraba en el ambiente un leve airecillo cinéfilo con todo el tema de los premios Oscar, y yo, que soy una persona que no se quiere mantener ajena a este tipo de acontecimientos de importancia universal, me dije cierto día: “Pepe, vamos al cine”.

Bueno, para no faltar a la verdad, las razones fueron las siguientes:

1) Mi ‘dealer’ de DVDs piratas se había tomado sus merecidas vacaciones, así que no me quedaba otra que ir al cine… (y adelantándome a algún tipo de comentario que Uds puedan afirmar, no estoy haciendo una apología a la piratería, pero.. vamos.. ¿quién no ha comprado alguna película pirata alguna vez? ¿quién no ha pensado alguna vez contrabandear con colmillos de marfil? o ¿a quién no se le ha pasado por la cabeza en algún momento traficar con niños africanos?... son cosas de lo más normales, mis queridos amigos).

2) No quería que en mi próxima reunión extracurricular, evento corporativo o fiestecita de barrio alguien me pregunte : “Oye Pepe, ¿has visto la película tal…?” y yo responder con un “uhmm, no”, sino mas bien con un estruendoso : “claaaaaaaaaaaro pues broooooderr….”, y quedar como el mejor exponente del cine actual.

3) Era martes y la entrada estaba a mitad de precio.

Entre tantos estrenos en la cartelera, escogí ver “Black Swan” (‘Cisne negro’ para los que aún no dominan por completo el húngaro), por la única y exclusiva razón de que Natalie Portman es a mi parecer la mujer más hermosa del planeta, OBVIO después de mi madre (no sé si se enteraron, pero mi vieja ha comenzado a leer mi blog, y porsiacaso me aseguro). Así que muy campante, mirada en alto y dando pequeños saltillos cual contento roedor egipcio, me dispuse a ir al cine; solo como de costumbre, porque me es mucho más cómodo que ir acompañado (si a eso le agregamos que ando más sólo que la putísima madre).

Ya instalado en la sala del cine, lucesitas apagadas, y Coca Cola muy helada en mano, en plena tanda de comerciales me puse a analizar a mi alrededor el festín de “extravagancias” que uno puede encontrar en un lugar como este (“extravagancias” es una forma sutil de decir “puritas ganitas de joder”):

- Siempre hay un tipo hablando por celular. O sea, por más que sale tremendo mensajote de 17 metros por 9 en la pantalla que dice: “por favor apaguen sus celulares” siempre hay un necio. Y encima, tiene un ringtone con el reggaetón más espantoso. Y no habla: grita en supersónico.

- Algunos llevan comida como si estuviésemos a puertas de alguna profecía Maya. No sería problema aquello si no fuese porque en plena ingesta de alimentos, hacen el ruido equivalente al que haría un Velociraptor masticándose a una abuelita con osteoporosis.

- Debe haber algún tipo de esencia afrodisiaca en las salas de cine, porque pasa que de ley, tiene que haber algún par de amantes despreocupados (y siempre delante de de uno) prodigándose amor eterno de una manera tan pero tan física, que prácticamente entre lamidas y besos, están enjuagándole la cabeza y cabellera a la pareja…

- Nunca falta el payasín y super divertirijisillo individuo que en las escenas cómicas, no sólo se ríe abriendo toda la magnitud que le ofrece el hocico (mostrándote además todo su bolo alimenticio), si no que aparte de eso: aplaude como orangután de circo tailandés.

- Hablando de comidas, ¿será la oscuridad la que hace a la gente introducir un pop corn a la boca y dejar caer otros catorce al piso?, porque siempre al prender las luces, tremenda chanchada que hay…! Hay que agradecer a todos los cielos que en las cafeterías del cine no venden arroz con pollo o pulpos a la parrilla, que si no…

- Siempre, en toda función, hay un sujeto (a) que se sabe la película completa y empieza a adelantarte las escenas, al cual muy cortésmente dan ganas de acercase y dándole un golpesillo en el hombro expresarle :”… hey, flaquito (a), disculpa que te interrumpa, no?, pero si ya viste la película, corazoncito… PARA QUE RECONCHA VIENES Y ENCIMA JODES TU Y ESA CARA DE EXPERMIMENTO GENETICO, POR LA PUTISIMA MADRE, AH?”

- En toda sala de cine, siempre hay un niño que jode y jode, de esos que te hace suspirar y susurrar mirando al cielo: “Diosito lindo, hazte una y mándanos a Herodes nuevamente…!


En fin, todas estas cuestiones las pasé por alto ya que forman prácticamente parte de la tradición cinéfila, así que bien acomodadito y muy atento, opté por disfrutar la película. Todo andaba de maravillas cuando, intempestivamente, se oye un sonido tan pero tan extraño, que sólo me hacía pensar en que por debajo de nuestros asientos había una estación de trenes Liliputiense o que alguien en la sala era un imitador genial y estaba practicando el número del Tigre de Bengala agripado…

… lamentablemente, tarde me di cuenta que aquel estruendoso sonido salía de lo más profundo de mis entrañas, el cual me hizo acordar en el acto que hasta ese momento no había tomado ni desayuno ni almorzado, por lo tanto, mi ovoide cuerpecillo reclamaba (a su modo muy sonoro y particular) algún tipo de alimento, ya sea un ramillete de alfalfa o alguna tierna gacela con la cual saciar de algún modo a ese estomaguito mío tan prepotente.

Como era de esperarse, me hice el desentendido del asunto y pensé “bueno, si tengo hambre… pero bueno, donde consigo en este momento un jabalí al palo con papas doradas al mojo de ajo, no?”, así que con la mejor carita de huevón seguí con la mirada fija en la pantalla. Pero mis órganos internos tienen la cualidad de gobernarse de manera muy independiente, por lo que minutos después, otro sonido hace eco dentro del salón. Esta vez no me cabía dudas: o estaba en mi decimo cuarto mes de gestación de gemelos, o tres Aliens, muy ‘metaleros’ ellos, estaban ensayando con su banda dentro de esta panza mía.

Gracias a que el Señor que está en los cielos, aparte del talento para el tango, me dió el de la actuación, cada vez que los concurrentes volteaban a mi lugar para mirar de donde provenían aquellos sonidos tan galácticos, yo, muy fiel a la astucia digna del Avispón Verde, volteaba a mirar al tipo de al lado como preguntándole “uy hermanito... Qué paso?” (Y así, la libraba un poco).

Ya que estos sonidos eran incesantes y cada vez más musicales, en toda la grandeza de mi inteligencia, opté por tomar la mayor cantidad de Coca Cola, ya que en este cerebrito prodigioso, se me ocurrió la iluminada idea que con eso “engañaría a alguno de los cuatro vacunos estómagos que me regaló la naturaleza”.

NOTA MENTAL: nunca, pero nunca, por favor, ingieras Coca Cola helada (y menos de un tirón) cuando el estómago te suene, ya que aquellas ondas sonoras se convertirán en el equivalente a un dragón japonés haciendo gárgaras con vidrio molido.

Y así fue: si antes mi estómago, páncreas y molleja sonaban de una manera espantosa, ahora aquel audio era un remix electrónico de 12 pulgadas. Y ya que las miradas ajenas se asomaban cada vez más constantes a mi posición, opté por girar la cabeza y susurrar sutilmente al adolescente de al lado un “shhhh... no hagas ruido pues ‘broder’, donde estamos?”, a lo que este, muy sorprendido y silencioso, optó por hacer mutis muy extrañado con cierta complicidad gratuita.

De esta manera, convertí toda la función cinematográfica del “Cisne Negro” en una suerte de “Ganso Ruidoso”, y aprendí que en cada mirada curiosa de los demás hacia mi persona producto de los ruidillos aquellos, debía girar la cabeza en negativa con cierta mirada de “que muchachito este, no?”, señalando con la ceja muy asolapadamente al individuo de al lado. Pero obviamente no era maldad: era supervivencia.

Y estoy más que seguro, que el chiquillo de al lado, gustoso y heroicamente, se inmoló por salvar la muy trabajada reputación de este servidor. Yo en su lugar, con el mayor de los patriotismos hubiera hecho lo mismo con humildad y alegría.

Ya terminada la función (obviamente fui uno de los primeros en salir), me dirigí a pasos agigantados a la primera cafetería cercana, para aplacar de alguna manera a este mamífero y hambriento cuerpecillo. Mientras sacaba dinero de mi billetera haciendo la cola para pagar, un niño de aproximadamente 8 años pasa corriendo frente a mí y sin querer, roza con un empujoncillo a la elegantona señora centímetros delante.

Casi de inmediato la señora voltea y me mira atenta (y algo enfadada) como exigiéndome una explicación, a lo que volteo a buscar al infante ya en ese momento bastantes metros alejado…

- “Discúlpeme señora, fue sin querer…”, atiné a expresarle, culpándome y agachando un poco la cabeza frente a su cara de pocos amigos, mientras mirando al niño a lo lejos pensaba:

“…que mocoso hijo de puta!”

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