
Analizando un comentario en el post anterior escrito por mi entrañable amigo Javier, me percato que tiene absoluta razón al decir que los gatos formaron parte importante en nuestra niñez. ¿La razón? No tengo la más absoluta idea, pero debemos ser reencarnaciones de los habitantes de la destruída Thundera o algo por el estilo.
A mediados de 1985 este servidor tenía 9 años aproximadamente.
No existía el Play Station: Yo jugaba Atari.
No teníamos ni cable, ni internet, ni pornografía gratis: veíamos sólo 5 canales en la Tv, si buscábamos información nos mandaban a la biblioteca, y lo más cercano a la pornografía fue verle las tetas a aquella adolescente vecina mientras se cambiaba frente a mi ventana.
Mucho menos existían los multicines: existían los cines de barrio, con función “matiné y vermouth”, en los cuales podías pagar entrada bien a platea (en el primer piso, si no tenías muchas monedas) o mezzanine (en el segundo piso, donde podías ver las películas mientras arrojabas objetos, pop corn o gotitas de baba a los de abajo, sólo por purito joder)
Para ese entonces se estrenaba en Lima la película “Ghostbuster” (Cazafantasmas).
Junto a la pandilla la vimos y nos encantó. Diecisiete veces fuimos a verla. Si, diecisiete. Así de ociosos eramos, asi de animalitos además. Nos sabíamos los diálogos de memoria, el nombre de cada personaje, la duración de cada escena, el soundtrack completo y hasta el nombre del asistente de maquillaje para la filmación.
Cuando tienes 9 años, la vida es flotar en el aire sin percatarte que abajo hay un piso frío y duro al que en algún momento debes pisar. Y nosotros más que flotar, éramos como cometas, muy ajenos a lo que debajo podía suceder. Así nos pasaba siempre.
Cierto día, saliendo del cine, quisimos ser “Cazafantasmas”. Y así lo decidimos: Adrian, Javier y Yo seríamos Cazafantasmas.
Las ganas nos sobraban, pero necesitábamos algunas cosas que se adecuen a nuestras nuevas personalidades.
Primera Misión: Conseguirnos trajes adecuados.
Buzos viejos para protegernos de la radioactividad fantasmal, mangueras para capturar a los entes… sustraídas de las aspiradoras en casa; cucharones, tenedores, sacacorchos, un frasco de ají y demás utensilios de cocina para arremeter contra algún espíritu rebelde que ponga resistencia; y por último, pero no por ello menos importante, el arma que nos mantendría salvo de algún ataque paranormal (en mi caso, la vieja pistola de agua se convirtió rápidamente en un detector de ectoplasma). Claro, al poquito tiempo nuestras madres se dieron cuenta de la ausencia de algunas cosas en sus siempre ordenadas casas, para arremeter contra nosotros de la manera más injusta y despiadada. Hasta ahora recuerdo a mi iracunda madre explicándome entre gritillos nada disimulados: “Vuélveme a desarmar la aspiradora y con un zapatazo en la cabeza te quito lo chistoso, ok?”.
(Mi madre siempre fue así de cariñosita)
Segunda Misión: Encontrar un lugar que nos sirviera de guarida.
Nada podía en aquellos días asemejarse más a un depósito fantasmal como el garaje de Adrian y Javier (que muy a pesar de ellos, son hasta ahora hermanos). El lugar estaba perfecto, pero como que le faltaba vida a la cosa; ese toque mágico de un real cubil paranormal. Javier, que para ese entonces era un talento sobrenatural para el dibujo, para estar siempre en silencio y para ponerse medias más arriba de la rodilla como Candy, tuvo la brillante idea de dibujar aquel logo gigantesco en la pared de la cochera. Terminado quedó genial. Su madre lo vio también rato después, y con la misma genialidad nos puteo.
Tercera Misión: Publicidad.
Ninguna empresa que se conciba, puede funcionar sin publicidad. Y nosotros, jóvenes empresarios, necesitábamos hacer conocer nuestras labores y buenas artes. Nos pasamos toda una tarde escribiendo volantes que luego repartimos en cada casa del barrio; textualmente decía “Señora (está comprobado que las señoras toman las decisiones en casa) tiene un fantasma en casa? Llámenos a este número…”. Pasaron los días y al no recibir respuesta de nuestra primera estrategia publicitaria, decidimos ser por ese entonces los innovadores del Tele marketing.
Tomamos la agenda telefónica de casa, y nos dignamos a llamar a cada uno de los contactos agendados para preguntarles: “Buenos días, disculpe…tiene algún fantasma en casa?”. Era raro, pero parece que los fantasmas estaban de vacaciones o llamábamos a las personas en momentos inoportunos, porque o nos colgaban enseguida o sutilmente nos mandaban saludos a nuestras madres.
Luego de nuestro primer fracaso empresarial, manos en los bolsillos, salimos a dar una vuelta arrastrando nuestras mangueras y armas aún sin usar, para llegar a esquina aquella donde el fallecido Comegato había pasado sus últimos días. Si antes había muchos gatos en el lugar, en ese momento la casa estaba totalmente infestada de felinos maullantes.
Las grandes ideas en la historia, son muchas veces las que devienen de los fracasos.
Rodeados de tanto gatuno indeseable por ese entonces, y al darnos cuenta que lo más cercano a un fantasma por aquella época era la hermana de nuestro amigo Jaime, dejamos atrás los deseos de ser “Cazafantasmas” para convertirnos automáticamente en los “Cazagatitos”.
Si, Cazagatitos.
(ahora me explico porque ninguna Agencia de Publicidad me dá trabajo aún...)
Demás contarles que no cazamos ninguno. Lo más cercano a capturar un felino, fueron los arañazos en la cara que se ganó Adrian al intentar tomar a uno de estos por sorpresa y una soberana (y muy minina) meada en mi pantalón.
Pero día con día, con todo el equipo necesario para nuestro safari de barrio, salíamos en busca de nuevas aventuras… aventuras que terminaban para mí en la esquina, porque mi madre no me dejaba ir más allá. Justo en esa esquina, estaba la que denominamos luego “la casa de los gatitos”: una casa abandonada a medio construir, la cual estos animalejos habían convertido en su guarida permanente. No miento cuando digo que había allí unos cien gatos. No sé de dónde salía tanto micifuz, pero aquella casa se convirtió en nuestra guarida también. Y así, hombre y gato, convivimos en paz durante buen tiempo, hasta que un nuevo integrante quiso acoplarse al club de los Cazagatitos. Un vecino nuestro llamado Miguel, al que apodaríamos (hasta nuestros días) como “el Cholo”. En esos tiempos, Javier (que era una mente desquiciada y maligna) nos sugirió que cualquier individuo que postulase a nuestro club, debía pasar por una serie de pruebas para saber si es digno de tales honores.
Redacto sus pruebas que resumió en 4 básicas:
1) Pasar la lengua sobre un hormiguero (de esas rojitas que cuando te picaban te dejaban medio cuerpo paralizado y estéril de por vida)
2) Comerse un plátano aún sin madurar (muy verdecito, incomible, cuyos efectos secundarios quedan como secretos de inodoro)
3) Caminar con ademanes muy femeninos (léase, caminar como marica) por toda la cuadra.
4) Besarle el culo a mi perro (no tengo que explicar mucho esto, o si?)
Y nuestro Cholito, toditas las hizo. Cada una, cada reto, lo pasó con total hidalguía y heroísmo.
Cuando acabo, le dijimos que nos parecía que no estaba preparado aún, y que nosotros le avisaríamos.
(El Cholo nunca fue un Cazagatito por cierto, pero si un valiente… y un huevón, eso sin duda)
Cuando tienes 9 años conviertes las pequeñas cosas de la vida es un mar interminable de emociones. Y en mi barrio, La Perla, todas esas aventuras se nos hicieron más que posibles.
Ahora ando de vuelta por la cuadra: ya no hay gatitos, ni casas abandonadas, ni hormigueros que el Cholo pueda degustar a sus anchas. Pero están esos amigos, esos que ahora al conversar nos preguntamos: “¿te acuerdas de la casa de los gatitos?”.
(Y disimuladamente al miranos, reímos… porque cada uno de nosotros sabe que nunca dejó de ser un “Cazagatitos” )
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